—¿No se asusta V. si lo expreso claramente?

La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa—la cubierta de un tarjetero.

—No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.

—¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo más claro aún?

—No, ¡basta!—gritó la señora.—Pero entonces, ¿qué es lo principal según V.?

—Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?

—¡Caramba!—exclamó la señora, meditabunda.

—Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.

—Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de antipático y de bruto.

—Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de antemano por una conversación tan shocking. Pues no señora: suponga V. que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de flaqueza...