Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.—Lo sabe, lo sabe—calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y suplicante, exclamó interrumpiendo:
—¡Qué horror! ¡Don Gabriel!
—¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el seductor, ó la matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!
Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...
—Tonterías—prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de Asís—pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.
Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más profundo de su vida.
XIV
VAYA, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los hombres con la de las mujeres?
—Paquita... dejémonos de clichés.—(Pardo usaba muy á menudo esta palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)—Tanto jabón llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que en nosotros nada significa.
—¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?