—No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me aporrea V. los oídos con cada palabrota...

—¿Y si yo le dijese á V.—prosiguió Pardo echándose á disertar—que eso que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se ríe de mí: á callar.

Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría llamarse aquella operación quirúrgico-moral.

—Es un extravagante este hombre—pensaba la operada.—Decir, me está diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.

Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! Estornudó con ruido, estremeciéndose.

—¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.—exclamó su amigo.—No está V. acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.

—No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.

—¿Sol? ¿Cuándo?

—Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...

—De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de estas de primavera en Madrid...