—No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva—contestó la dama levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.

—¿A su casa de V.?

—Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.

No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según todos los clichés admitidos:

—Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un caballo muerto, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...

Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en el valle de los Pazos.

XV

LA tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta preguntando:—¿A dónde desea ir la señora?—para transmitir la orden al cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:—Sí, señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.—Y la ascensión interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo con un suspiro profundo:—¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...

Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los devotos que si les hurga la conciencia se imponen la obligación de rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros, Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase decidida—más que nunca—á cortar las irregularidades de su conducta presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba interesado...—Vamos á ver—argüía para sí la señora.—Supongamos que ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto el veraneo un poquillo... y corrientes.—¡Qué descanso tomar el tren! Se concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella tartamudez, aquella vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...

Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!