Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.

—¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme, dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme con la puerta en las narices.

—No... pero si yo...—contestaba aturdida la señora.

—¿No se había negado la nena para mí?

—No, para ti no...—afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad: tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.

—Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.

Hizo la dama un expresivo movimiento.

—¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso, pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar. Por mí no has de tener tú media hora de disgusto.

Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar en el coche.

—Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás á las diez?