—¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo así, clarito.

—Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa gente.

—El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala con un recado fuera... Hasta pronto.

Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar, lo cual hizo con pulso trémulo.

Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la doncella.

—Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...; puede que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que quiero marcharme pronto, pronto.

—¿A Vigo, señorita?—preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.

—¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.

Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo, transigir... y, como decía él..., najencia.

Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las ocho al levantarse la señora de la mesa.