—Oye, Angela...
Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.
—Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la casada con el guardia civil? ¿Eh?
—¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...
—Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis años?
—De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con la dentición.
—Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa de Marujita que hemos apartado el otro día...
—Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el pájaro?
—También... Anda ya.
El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.