—Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...
—No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...
—Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!... ¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?
—Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra, de Marín..., alto él, con bigote negro.
—Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.
¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado flamante, oyó una risotada, un ¡divertirse y gastar poco! que venía de la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias á Dios!
Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto: Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de indiscreta...
XVI
ERA Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo que animarle:
—Pase V...