Entonces el galán se desembozó resueltamente y se informó de cómo andaba la salud de Asís.
En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así, empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño, que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró después de una embarazosa pausa:
—¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?
—¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?
—¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.
—Ninguno, ninguno—afirmó calurosamente Asís.
—Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes. Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me querías tú á cien leguas.
Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande, maestra en los toques de la elegancia.
—Si no quisiese recibirte, con decírtelo...
—Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le figura á uno que está comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos... y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle á un hombre ó á una hembra en su propia cara:—Ya me tiene V. hasta aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.