—¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?—exclamó Asís festivamente, echándolas de modesta.

No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado, repentino, y un—¡ojalá!—salido del alma, tan ronco y tan dramático, que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.

—¿Por qué dices ojalá?—preguntó, imitando el tono del andaluz.

—Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla... Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal, ¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.

La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado y desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas murgas, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo todo, adoptan el nombre de bandas populares.

—¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?—gritó Pacheco, levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.—¡Y cómo desafinan los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen el tímpano.

En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las impresiones.

—Mira, ven—continuó.—Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A quién le dispararán la serenata?

—A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy—contestó Asís recordando casualmente chismografías de la Diabla.—En la otra acera, pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya tenemos música para rato!

Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.