—¡Desatento!—exclamó riendo la señora.—¿Pues no decías que era para mí?
—Para ti es—respondió el amante cogiéndola por la cintura y obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como se mece á las criaturas, sin permitirse ningún agasajo distinto de los que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo íntimo, cariñoso, confidencial.
No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, días y no sé si horas?
—Pues yo soy más vieja que tú—murmuró pensativa, así que el gaditano hubo declarado su fe de bautismo.
—¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.
—No, no, dos lo menos. Dos, dos.
—Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria, porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular, he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado. Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas mías!
Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.
—Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.
—¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?