—¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?—preguntó algo asustada Asís.
El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.
—¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu facha. Pero ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos... He enfriado á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná. Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?
—Vamos, que eres la gran persona—protestó escandalizada Asís, desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.
—No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la pintaría, figúrate. ¿Que se me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...
Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.
—Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo... Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el corasón... Lo demás... pamplina.
—Pero eso es atroz—protestó severamente Asís, cuya formalidad cantábrica se despertaba entonces con gran brío.—¿De modo que no te avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la izquierda?
—¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.
No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.