—¡Ea! ya te me acatarraste—exclamó el gaditano consternadísimo.—Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza... Así, tan desabrigada... ¡Loca!
—Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.
—Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me suicido.
Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento serio y trágico:
—¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!
Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese trémolo penoso que da al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la toquilla.
—Diego...—tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.
—¿Por qué no dices Diego mío, Diego del alma?—exclamó con fuego el andaluz deshaciéndola entre sus brazos.
—Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de comedia. Es una ridiculez.
—¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! ¡Diego mío!—prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la soltaba casi con igual violencia que la había cogido.—¡Pedazo de hielo! ¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!