Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! ¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?
Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir—cosa que no hacía nunca—y se encontró cara á cara con su Diego.
El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. ¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita madrugadora: dos libros medianamente gruesos.
—Las novelas francesas que le prometí...—dijo en voz alta, después del cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de que había moros en la costa.—Si está V. ocupada, me retiro... Si no, entraré diez minutos...
—Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.
Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos, con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...
—¿Está V. de mudanza... ó de viaje?—preguntó, quedándose de pié en medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de reconvención ni de queja.
—No...—tartamudeó Asís—tanto como de viaje precisamente... no. Es que estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se descuida, la polilla hace destrozos...
Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:
—A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.