La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.
—No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...
Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.
—Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor te pido...
—¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... Rica, gitana... ¡Cielo!
—Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...
—Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.
—Estás tocado... Quita... Chist...
—Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... verás tú.
—¿Pero cómo? ¿Dónde?