—En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.
¿Cómo cedió y balbució que sí, prometiendo, si no por la Estigia, por algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga; el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con soberano imperio.
Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas referentes á la interrumpida tarea del equipaje.
—¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que avise á la Central para mañana?
¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del elíxir contra el mármol del lavabo...
—¿Almuerza fuera la señorita?—preguntó la incorregible Diabla.
—Sí... En casa de Inzula.
—¿Ha de venir á buscarla Roque?
—No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...
—¿De la tarde?