—¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el cutis.

Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.

—Miala, miala..., la gusta el baile.

En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras tocatas: Cádiz hacía el gasto: paso doble de Cádiz, tango de Cádiz, coro de majas de Cádiz... y hasta una veintena de cigarreras, de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.

—¡Calla!—secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la cazuela del guisote.—¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... quien que se entere too el mundo.

—Estas tunantas ponen carteles.

El mozo subía y bajaba, atareado.

—Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de perdices... ¡Aire!

—No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.

—¡Chist!—mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.—Cuidadito... Si oyen... Son gente... ¡uf!