Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática gravedad.
—Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. Oigasté, mozo...
Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, la dama rehusaba hasta probar el Tío Pepe y el amontillado, porque con sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la botella de Tío Pepe, se convirtió en la tristeza humorística tan frecuente en él.
—¿Te aburres?—preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.
—Ajogo las peniyas, gitana,—respondía el meridional apurando otro vaso de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de cajón:—Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! ¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?
De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
—¡Hola! Ahí viene la hermanita...—dijo Asís.—Y se parecen como dos gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:
—¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...