—No molestan...—declaró Asís.—Son más formalcitas... A esa no hay quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.
—Pa comer ya la abren las tunantas...
Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.
—Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de toos.
¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por las amistaes y las enfluencias de unos y otros...—Llegada á este punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.—«¡Ay Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! Dos letricas, un cacho de papel...»
Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en el gabinete las dos chicas mayores.
—Miren mis otras huerfanicas enfelices,—indicó la señá Donata.
Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas ajogadas por el Tío Pepe se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
—¿Vienen ustés de bailar?—les preguntó risueño.
—Pus ya se ve,—contestaron ellas con chulesco desgarro.