—¿Sin hombres? ¿Sin pareja?

—Ni mardita la falta.

—Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me hubiesen ustés llamao...

—¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.

—¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé yo... ¡A bailar!

Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.

XX

ENTRE las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave toda impresión fuerte. Esto se llama guardarse las cosas, y si tiene la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que refería por tercera vez las golpás de sangre causa de la defunción de su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que aquello no iba por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada la orden de expulsión.

—¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que se larguen.

—Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin despreciar á nadie.