—¡Ole las mujeres principales!—contestó con la mayor formalidad Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron á posarse en el salón de baile.
El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?
—Un espejo.
—¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. ¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, chiquilla? ¿Qué te pasa?
—Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...
El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí. Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.
—¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!
Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.
—Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...
—¿Qué? ¿Que me dirás?—prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.