—Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...
—¡Ah!—interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que salía á golpás, según diría la señá Donata.—No necesitas ponerlo más claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, ¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... ¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero digo verdad.
Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no cabía en el cuartuco.
Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.
—Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.
—Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.
—¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!
—¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... ¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear podían tener la ventana cerrá.
—¿Quién os manda mirar?
—Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que nones... Las orejas le calienta ahora.