—¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?

—¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me paece...

—No, pus enfadao ya está.

—¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!

La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; Pacheco la siguió...

—En el coche harán las paces—piaron las gorrionas mayores.—¿A que sí?

—La fija. En entrando...

Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.

—Pus ella vence... Me lo deja plantadito.

—¿A que él se nos vuelve aquí?—indicó la gorriona primogénita, alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de bandolina.