—Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados, luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula, libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de toda calaña... Gracioso tableau, señoras mías... Eso es el pueblo español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.

—Si me habla V. de la gente ordinaria...

—No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa externa, cáscara y nada más.

—¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?

—También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la porción más apacible y sensata de España.

Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo, muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del Duque, el cual, según me dijeron, era un rico hacendado residente en Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al gaditano.

—Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la cosa.

—¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!—respondió Pardo con mucha guasa.—¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente, protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania! ¡Usted, señora, que sabe lo que significa fósil! ¡Pues si hasta miedo le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco!

—Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á uno un cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo...

El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con acento cerrado y frase perezosa: