—A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores... Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa. Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá en que toítas son unos ángeles del cielo.

—Si me llama V. al terreno de la galantería—respondió Pardo—convendré en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se determina históricamente en esta ó en aquella dirección...

—¡Ay, Pardo!—suplicó la Duquesa con mucha gracia.—Nada de palabras retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á quedar en ayunas.

—Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds. se empeñan en que ponga los puntos sobre las íes) también las señoras pagan tributo á la barbarie—lo cual puede no advertirse á primera vista porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.—Aquí está nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija del barrio de Triana ó del Avapiés...

—¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero?

—Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre y que á lo mejor nos trastorna.

—No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos cuantos días del año.

—Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los gallegos, en ese punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo; una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro, la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan contenta cuando la dicen que es la chula más salada de Madrid?

—Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!—exclamó la Duquesa con la viveza donosa que la distingue.—¡A mucha honra! Más vale una chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza, ¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo, ¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás de Europa? Conteste.

—¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! Pietá, Signor. Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. la romería de San Isidro?