Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, eternos, mal llamados por el comandante clichés; que regís las horas normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una persona extraña:

—Quédate.

El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.

Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar sutilmente—si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo—es la causa, la génesis y el rápido desarrollo de aquella idea inesperadísima, que desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan liviano y censurable modo en la romería del Santo...

¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la idea? ¿Fué á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa idea, profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?

Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero medroso:—Para siempre—y avisa que de malos principios rara vez se sacan buenos fines.—Y reconstruya también á su modo los diálogos en que la idea se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos disectores.

Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria matutina.

—Está el gran día, chichi...—exclamaba Pacheco.—Vas á tener un viaje...

—¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?

—Lo mismo que ahora. Verás.