—¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?

—No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?

—¿Escribirás las veces que prometiste?

—Boba.

—Simplón, monigote, feo.

—Reina de España.

—En Vigo..., ya sabes... formalidad.

—Hasta que el cura...—(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán litúrgico muy significativo.)—Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. ¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta á ti pa casarme con ella.

Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de la señora, preguntando:

—¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?