La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la labor y la media empezada desaparecían bajo números del Madrid Cómico, de Los Madriles y de todas las Ilustraciones habidas y por haber; allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin, la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:
—Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire... Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?
—¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted, fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las flores... ó callos y caracoles del Petit Fornos? ¡Sacadme de esta cruel incertidumbre!
Risas sofocadas en la cocina.
—¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!
Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse de ratón; cabeza estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:
—Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.
II
DOÑA Aurora tenía su tertulia, y vespertina—nada menos que un five o’clock, como diría algún revistero—sólo que sin tea, ni ganas de él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el hábito.
El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.