Agotada la cuestión sanitaria—todo se agota—pasaban, casi siempre por iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, recetas y potingues.—«No parece sino que está uno con un pié en el sepulcro»—decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.

—¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando Narváez...

O de este otro modo:

—¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...

El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:

—Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada significan miserables veinticinco ó treinta años.

—Sí; pero en la de un hombre...

—Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los cincuenta llamo yo la flor de la edad.

—Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y estamos para que nos saquen en un carro al sol.

Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, galantes y rendidas.