A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente calvos, que le decían en tono de envidia:

—Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos aquí.

Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las fechas y hasta las palabras.—«Este señor de Febrero es una cartilla vieja»,—solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al arbitraje de Don Gaspar.—«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»—«No, señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»

—¡Pero, hombre!—exclamaba el aludido cuando llegaba á enterarse.—¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.

Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste. Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».

La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con él.—«A ver,—decía,—cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría á Vds.»

Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes «señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión de códigos.

III

AQUELLA asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto de mote Inútil Club; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le llamaba Laín Calvo; y al afeitado y galante señor de Febrero, Nuño Rasura. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al chico:

—Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te quieren!