—¿Y ese edificio donde vivía, qué es?
—Ahí habitamos los pobres de la regla de Francisco de Asís, los Menores, tus hermanos—contestaron gravemente, y se alejaron con su fúnebre carga.
La Borgoñona llamó á la portería del convento.
Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que su muerte, después de una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo á los encargados de vestirle la mortaja. Hicieron la señal de la cruz, cubrieron el cuerpo con un paño tupido, y lo llevaron á enterrar al cementerio de las Minoritas ó Clarisas, que por entonces ya existían en París.