Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona; y no era para menos, pues aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle del penitente! Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones; sólo la expresión era distinta; en éste dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos cabellos; soltó la capa, y contestó con una carcajada á las disculpas de la vieja, que le explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con él, por una noche, la cena y el cuarto. Sentóse á la mesa muy risueño, y declaró que aunque el camarada no parecía animado, él haría porque la cena fuese divertida. Dijo esto con la propia voz sonora del penitente.
Retiróse la vieja, y la Borgoñona tomó asiento confusa y atónita, mirando á su comensal y sin dar crédito al testimonio de los sentidos. Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se apartaban del mancebo, que comía y bebía por cuatro; y con mil chanzas, llenaba el vaso y el plato de la Borgoñona, que proseguía comparando al misionero con el estudiante. Sí, eran los mismos ojos, sólo que antes no brillaba en ellos un fuego vívido y generoso, ni cabía ver el negror de las pupilas, porque estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca, pero marchita, contraída por la penitencia, sin estos labios rojos y frescos, sin estos dientes blancos que descubría la sonrisa, sin este bigote fino que acentuaba la expresión provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era la misma frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de pelo que jugueteaban en torno. Era el mismo aire, pero con otras posturas menos gallardas y libres. Y así, poco á poco, tratando de cerciorarse de si el penitente y el hidalgo componían un solo individuo, la doncella iba deteniéndose con sobrada complacencia en detallar las gracias y buenas partes del mancebo, y ya le parecía que si era el penitente, había ganado mucho en gentileza y donosura. El caballero, festivamente, le escanciaba en el vaso vino y más vino, y la Borgoñona distraída lo bebía. El vino era color de topacio, fragante, aromatizado con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por las venas como líquida llama.
Á cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba más discreto y bizarro á su compañero de mesa. Cuando la mano de éste, por casualidad, al ofrecerle el vaso, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofrío dulcísimo, le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca. Su razón vacilaba, la habitación daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios que alumbraban el festín se convertía en miles de luces. Y he aquí que el caballero, después de beber el último trago, se levantó, y juró que, á fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse, y digerir la cena con un sueño reparador.
Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas potencias de la doncella. Acordóse de que en la habitación no había más que un solo lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja, que sus votos obligaban á tener por cama el suelo, y que así dormiría, no siendo razón que se molestase el señor hidalgo. Pero éste, con generoso empeño, protestó que no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que dormiría sobre ella, si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del lecho, donde ambos cabían muy holgados. La Borgoñona se negó con espanto á admitir la propuesta, y el estudiante, con vigor hercúleo, cogióla en brazos, y la depositó sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar su voluntad, cerró los ojos, y con singular contentamiento se dejó llevar así, apoyando la cabeza en el hombro del caballero y percibiendo el roce de sus negros, perfumados bucles.
Abrió el estudiante la cama, metió dentro á la Borgoñona, le arregló la sobrecama bordada de seda, y con la misma dulzura con que se habla á los niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse á los piés, que siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su capa y se tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se le oyó respirar tranquilo, como si durmiese.
La Borgoñona en cambio se revolvía inquieta. En vano quería recordar las oraciones acostumbradas á aquella hora; no podía levantar el espíritu; su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecta, por quien se dejaría hacer pedazos sin exhalar un ay. La blandura del lecho, invitando á su cuerpo á la molicie, reforzaba las sugestiones de su imaginación; en el silencio nocturno, le ocurrían las resoluciones más extremosas y delirantes; llamar al hidalgo, declararle que era una doncella perdida de amores por él, que la tomase por mujer ó esclava, pues quería vivir y morir á su lado. Pero ¿y aquellas matas de pelo colgadas al pié de la efigie de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de un voto solemne? Con estas dudas la frente se le abría, las venas le saltaban, zumbándole los oídos, y la respiración sosegada del estudiante se le figuraba honda como el ruido de gigantesca fragua. ¡Oh tentación, tentación! La Borgoñona se sentó en el lecho, y á la luz del fuego, que aún ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole que en su vida había contemplado cosa que tanto le agradase; y así embebida en el gusto de mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento. De pronto el durmiente se incorporó bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo con sonrisa extraña. La doncella dió un gran grito, y acordándose del penitente, exclamó:—¡Hermano Francisco, valme!—Al mismo tiempo saltó del lecho y huyó de la habitación como loca.
Cuatro á cuatro bajó las escaleras, halló la puerta franca, y encontróse en la calle; siguió corriendo, y no paró hasta una gran plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura; allí se detuvo sin saber lo que le pasaba: trató de coordinar sus pensamientos; los sucesos de la noche le parecían soñados; y lo que la confirmaba en esta idea era que no podía por más que se golpeaba la frente, recordar la linda figura del estudiante: la última impresión que de ella le quedaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas facciones contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una espumante boca...
Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos de túnicas grises amarradas con cuerdas, y llevando en hombros un ataúd. La Borgoñona se acercó á ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vestía su mismo traje. Impulsada por la curiosidad, la doncella se inclinó hacia el ataúd abierto y vió, acostado sobre la ceniza—sin que pudiese caberle duda alguna respecto á su identidad—el cadáver del penitente!
—¿Cuándo murió ese hombre?—preguntó trémula y horrorizada.
—Ayer tarde, al sonar del cubre-fuego.