Éste tenía la puerta abierta y rezaba de rodillas con los brazos en cruz, y hallábase tan arrebatado en la oración, que le pareció á la niña que más de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la Borgoñona, el forastero se puso en pié de un salto, y mostró el rostro bañado en lágrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un júbilo celestial; pero cuando se fijó en la Borgoñona, al punto mudó el semblante; fué como si le cerrasen con llave las facciones; bajó los ojos, y cruzándose de brazos preguntó á la niña qué deseaba. Ella, con un movimiento rapidísimo, se echó á sus piés, y abrazando sus rodillas toda turbada, rompió á decirle que en aquella casa había riquezas estériles, tesoros malditos, que causarían la perdición de su dueño; que allí jamás se había dado al pobre ni un puñado de espigas, antes era su sudor el que rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y resuelta, para asegurar su salvación y la de su padre, á irse por el mundo descalza, pidiendo limosna y haciendo penitencia; para lo cual pedía al forastero su bendición y que la llevase en su compañía y le enseñase á predicar y á seguir la regla del beato Francisco, la humildad y pobreza absoluta.
Permanecía el misionero mudo y parado; no obstante, las palabras de la Borgoñona debían producirle extraño efecto, porque ésta sentía que las rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y veía su faz demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uñas. La doncella, creyendo persuadir mejor, apretaba las manos, escondía la cara en el sayal, empapándolo en sus calientes lágrimas. Poco á poco el penitente aflojó los brazos y por fin los abrió, inclinándose hacia la niña; pero de pronto, con una sacudida violenta, se desprendió de ella y casi la echó á rodar por el suelo; la cabeza de la Borgoñona dió contra las losas del pavimento; y el penitente, haciendo la señal de la cruz y exclamando:—¡Hermano Francisco, valme!—saltó por la ventana, y se perdió de vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se incorporó llevándose la mano á la frente lastimada, sólo quedaba del misionero la señal de su cuerpo en la paja donde había dormido.
II
Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica de burel grosero de la misma tela con que solían vestirse los villanos y jornaleros vendimiadores. Al anochecer, salió á la granja y cortó un bastón de espino; bajó á la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa de cáñamo; y subiendo otra vez á su habitación, empezó á desnudarse despacio, dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas prendas de su traje. En el siglo XIII pocas personas usaban camisa de lino; era un lujo reservado á los monarcas; la Borgoñona tenía pegado á las carnes un justillo de lienzo grueso y un faldellín de tela más burda aún; quitóse el justillo y soltó sobre sus blancas y mórbidas espaldas la madeja de pelo rubio que de día aprisionaba la cofia. Enarboló la tijera que solía llevar pendiente de la cintura, y desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que iban cayendo suavemente á su alrededor como las flores en torno del arbusto sacudido por el aire. Se tentó la cabeza, y hallándola ya casi mocha, igualó los mechones que aún sobresalían; luégo se descalzó; aflojó la cintura del faldellín, se puso el sayal sosteniendo el faldellín con los dientes por no quedarse del todo desnuda; soltó al fin la última prenda femenina, se ciñó la cuerda con tres nudos como la traía el penitente, y empuñó el bastón; pero acudió una idea á su mente, y recogiendo las matas de pelo esparcidas aquí y allí, las ató con la mejor cinta que tenía, y las colgó al pié de una tosca madona de plomo que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó á que la noche cerrase, y, de puntillas, se lanzó á oscuras al corredor; bajó á tientas la escalera carcomida; se dirigió á la sala baja donde había hospedado al penitente, abrió la ventana, y salió por ella al campo. Tal arte se dió á correr, que cuando amaneció, estaba á tres leguas de la granja, camino de Dijón, cerca de unos hatos de pastores.
Rendida se metió en un establo, del cual vió salir el ganado antes, y acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta mediodía. Al despertarse, resolvió evitar á Dijón, donde algún parroquiano de su padre podría conocerla. En efecto, desde aquel día procuró buscar las aldeas apartadas, los caseríos solitarios, en los cuales pedía de limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba mentalmente, y si se detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en cruz, como el peregrino. El recuerdo de éste no se apartaba un punto de su memoria, y copiaba por instinto sus menores acciones, añadiendo otras que le sugería su natural despejo. Guardaba siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al día siguiente lo entregaba á otro pobre que encontrase en el camino. Si le daban dinero, iba corriendo á distribuirlo entre los necesitados, pues recordaba que, según el penitente, nunca el beato Francisco de Asís consintió tener en su poder moneda acuñada. Al paso que seguía esta vida la Borgoñona, se le desarrollaba un dón de elocuencia extraordinario: poníase á hablar de Dios, de los ángeles, del cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas que ella misma se admiraba de saber, y que las gentes reunidas en rededor suyo escuchaban embelesadas y enternecidas. Á donde quiera que llegaba, la rodeaban las mujeres, los niños se cogían á su túnica, y los hombres la llevaban en triunfo.
Es de notar que todos la tenían por un jovencito muy lindo, y á nadie se le ocurrió que fuese una doncella quien tan valerosamente arrostraba la intemperie y demás peligros de andar por despoblado. Su pelo corto, su cutis oscurecido ya por el sol, sus piés endurecidos por la descalcez, le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de sus formas. Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir algunos latigazos dados con las correas del tahalí, género de broma que no perdonaban los soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz humilde y le dieron dinero y vino; otros se burlaron; pero nadie atentó á su libertad ni á su vida. En la selva de Fontainebleau sucedióle á la Borgoñona la terrible aventura de abrigarse bajo un árbol de donde colgaban humanos frutos: los piés péndulos de un ahorcado le rozaron la frente: entonces, con valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más instrumentos que su bastón de espino y sus uñas; descolgó el cadáver horrendo, que tenía la lengua defuera y los ojos saliéndose de las órbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal, como supo, reuniendo sus fuerzas, lo enterró. Aquella noche vió en sueños al penitente, que la bendecía.
Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras mortificaciones, una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha en la Borgoñona, y su salud empezaba á flaquear, cuando llegó á una gran villa, que, preguntando á los aldeanos vendedores de legumbres, supo era París. Entró pues en París, pensando si quizás moraría allí el peregrino, si lo encontraría casualmente y podría rogarle que le buscase un asilo como el que Clara ofrecía á sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y morir en paz. Con estos propósitos se internó en un laberinto de calles sucias, torcidas, estrechas, sombrías—el París de entonces.—Embargaba á la Borgoñona singular recelo: en aquella ciudad vasta y populosa, donde veía tanto mercader, tanto arquero, tantos judíos en sus tiendas, tantos clérigos graves que paseaban á su lado sin volver la cabeza, no se atrevía á pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar el hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas concurridas, todo le infundía temor. Vagó como alma en pena las horas del día, entrando en las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para no percibir el hambre; y á la puesta del sol, cuando resonó el toque del cubre-fuego, que acá decimos de la queda, cubriósele á ella verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió á llorar bajito, echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no le faltaba nunca, y donde al oscurecer tenía seguro su abrigado lecho. Al punto mismo en que estas ideas acudían á su atribulado espíritu, vió que se le acercaba una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba:—¿Cómo tan lindo mozo á tales horas solito por la calle, y si era que por ventura no tenía posada?
—Madre—contestó la Borgoñona—si tú me la dieses, harías una gran caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y á más no probé bocado hace veinticuatro horas.
Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y echando á andar delante, guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas, hasta llegar á una casuca, cuya puerta abrió con una roñosa llave. Estaba la casa á oscuras, pero la vieja encendió un candil, y alumbró por las escaleras hasta un cuarto alto. Ardía un buen fuego en la chimenea; la Borgoñona vió una cama suntuosa, sitiales ricos, y una mesa preparada con sus relucientes platos de estaño, sus jarras de plata para el agua y el vino, su dorado pan, sus bollos de especias, y un pastel de aves y caza que ya tenía medio alzada la cubierta. Todo olía á lujo, á refinamiento, y aunque el caso era sorprendente atendido el pergeño de la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoñona sentía tanta hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el espectáculo de los manjares, no se le ocurrió manifestar extrañeza. Iba buenamente á sentarse y á trinchar el pastel, pero la vieja lo impidió, diciéndole que convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo estudiante muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que á buen seguro que no pusiese el menor reparo en partir su cena con el forastero. En efecto, bien pronto se oyeron resueltos pasos, y un caballero mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de garza en el airoso birrete, entró en la estancia.