Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los mozos y mozas de labranza, encendiéronse algunas antorchas de resina, aumentóse el fuego con haces de secos sarmientos de vid, y preparáronse á aprovechar la velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas destinadas á sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al forastero, que en la misma actitud humilde permanecía junto al fuego, silencioso y sin adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo de la llama. Un rumor contenido se dejó oir cuando entró el amo de casa: todos querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.

Pero la Borgoñona, saliendo á recibir á su padre, con afabilidad suma le contó cómo ella había ofrecido hospitalidad á aquel santo, á fin de que no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo á sentarse á su sitio acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó pacífica.

De pronto el forastero, saliendo de su letargo, levantó la cabeza, y como si notase por primera vez que estaba próximo á una hoguera alegre y chispeante, comenzó á decir á media voz algunas palabras sobre la hermosura del fuego, y la gratitud que el hombre debe á Dios por tan gran beneficio. La Borgoñona tocó al codo de su vecina, ésta transmitió la seña, y en un instante callaron las conversaciones de la cocina para oir al penitente. Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba elevando la voz hasta pronunciar con gran calor su discurso.

De la consideración del fuego pasó á los demás bienes que nos otorga la bondad divina, y que estamos obligados á repartir con el prójimo por medio de la limosna. Sí, obligados, pues de toda riqueza somos usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado en el arca del avaro? ¿De qué, el trigo abundante en los graneros del hombre duro de corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dió tan cuantiosos bienes para que los guarden bajo llave y no alivien las necesidades del prójimo? ¡Ah! el día del tremendo juicio, su oro será contrapeso horrible que los arrastre al infierno! En vano tratarán entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto: allí, sobre sus lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en el abismo!

Á medida que arengaba el penitente, los ojos del auditorio se fijaban en el cosechero, quien retorciéndose en el banco no sabía qué postura tomar ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose, hablaba ya casi á gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de registro, encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de Dios. Sus frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos y elevados; y las mujeres del auditorio, profunda y dulcemente conmovidas, soltaron la rienda al llanto, y mientras unas acudían á los delantales para secar sus lágrimas, otras rodeaban al peregrino y se empujaban por besar el borde de su túnica. La Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía como en éxtasis.

El cosechero, que había dejado escapar visibles muestras de impaciencia, no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre dientes, empujó á unos y otros fuera de la cocina, dando por concluída la velada. Cuando dejó de oirse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores que partían, pidió lacónicamente la cena. Según costumbre del país, la Borgoñona sirvió á su padre y al forastero; éste, callado y humilde como al principio, apenas probó del rústico banquete, y rogó le permitiesen retirarse. La Borgoñona le condujo á una sala baja donde había extendida paja fresca; y en seguida, volviéndose á la cocina, intentó cenar.

Los bocados se le atravesaban en la garganta; su estómago rehusaba el alimento; y viendo á su padre sombrío y ceñudo, resolvióse á preguntar qué opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que había dicho respecto á la caridad.

—Paréceme, padre—añadió—que si no nos engaña el gentil predicador, nuestro fin será irnos al infierno en derechura, pues en nuestra casa hay oro, pan y vino en abundancia, y nunca damos limosna.—Al pronunciar estas palabras, sonreíase dulcemente para congraciar al viejo; pero él, montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la mesa con su vaso de estaño, maldijo á la hija que le había traído á casa aquel mendigo desharrapado y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir sin demora á cogerle de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la doncella se retiró á su cuarto trémula y confusa.

En toda la noche apenas logró pegar los ojos. Veía al viajero, oía de nuevo su persuasiva y cálida voz, y notaba las variaciones de su rostro transfigurado por la unción y fervor de la plática.

El lecho de la Borgoñona tenía ascuas y espinas; su conciencia estaba tan despierta como si hubiese cometido un crimen; durmióse un instante y vió en sueños á su padre arrastrado por negros demonios que lo aporreaban con sacos llenos de monedas. Apenas un rayo de luz pálida anunció el amanecer, la Borgoñona saltó de la cama, y á medio vestir y en cabello corrió á la estancia del peregrino.