La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un sentimiento de indignación, una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía:
—No quiero, no quiero.
—¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata!
—Yo no soy ningún chiquillo—exclamé—creciéndome, empinándome en las puntas de los piés—yo no quiero dulces.
La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin, cediendo á la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues, en mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á interrumpir las carcajadas, y entre risa y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, me escapé de allí y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón y me dí á pensar en la dama del retrato.
Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar mi pensamiento de ella. Salir la tía y escabullirme yo hacia su aposento, entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. Á fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla, imaginando que se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el corazón, ó arrimaba á ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían á la dama; tenía con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como ví después que suele hacerse para acudir á las citas amorosas.
Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también mi niña con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y sólo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de feas y fachas. Ocurrió cierto domingo que fuí á jugar á casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba á los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo, disimuladamente me cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me dijo al oído:
—Toma.
Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca, y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:
—¡Toma!