Y le arrojé el capullo á la nariz; desaire que la tuvo toda la tarde llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se ha casado y tiene tres hijos, no me ha perdonado.

Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos ó tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví por fin á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la depositaba en sitio seguro, y después me juzgaba libre para hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos del marco.

El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á su palacio en un tren rápido y volador. Con dulce autoridad me hacía sentar á sus piés en un cogín, y me pasaba la torneada mano por la cabeza acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, ó tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreirse, agradeciéndome el placer que le causaban mis lecturas y canciones. En fin, las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era paje, ya trovador.

Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí adelgazando de un modo notable, y que lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.

—En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante—dijo mi padre—que solía leer libros de medicina, y estudiaba con recelo las ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.

—Juega, chiquillo; come, chiquillo—solía decirme.

Y yo le contestaba con abatimiento:

—No tengo ganas.

Empezaron á discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios, y diéronme á beber leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa ó por las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me miraba fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos, resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba yo con mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir el frío cristal: titubeé al ir á ponerlo por obra; al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de marfil.

Al apoyar en la pintura los labios y percibir la tenue fragancia de la orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la miniatura.