Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi madre, á mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras el asombro y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:

—Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.

Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.

—Pero, chiquillo... ¡suelta, que lo echas á perder!—exclamaba ella. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... yo te lo enseñaré, cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le haces daño.

—Déjaselo—suplicaba mi madre—el niño está malito.

—¡Pues no faltaba más!—contestó la solterona. ¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve á mí ahora á los tiempos aquellos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo también me acabé y no soy lo que ahí representa!

Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular:

—Usted... el retrato... es usted...

—¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah, veintitrés años son más bonitos que... que... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta; al fin, nadie ha de robármelos!

Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo cierto es que mi padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de Oporto.