—Sánchez del Abrojo no debe tardar... ¡Ah!—pronunció ya con voz más fuerte;—ama, aquí hay carta de tu casa...
En vez de alegrarse, se oscureció el semblante del ama, moreno, tostado y recio, cual los molletes de pan de su país.
—¡Y qué dirá ahí, ucencia!—suspiró sin extender la mano para tomar la epístola.—Nunca por cosa buena escriben.
—¡Qué sé yo, mujer! Te hablarán de tu madre... del chico que te dejaste... de las vacas, ¿eh? ¡ó te pedirán dinero! Anda, toma, sal de dudas.
—Ucencia ha de dispensarme... como yo no sé de letra... y en la cocina á lo mejor se burlan de las cosas que me cuenta el señor padre, que es quien pone las cartas....—suplicó el ama, medio enternecida ya.
—Vamos, querrás que te la lea, ¿no es eso?
—Si ucencia se quiere molestar...
Al decir esto, se apresuró á coger la niña, que por su parte no anduvo rehacia en irse á los robustos brazos del ama, la cual, previo un «con el permiso de ucencia...» desabrochó el justillo, alzó el pañuelo de vivos colores que se cruzaba sobre su seno de Cibeles, y metiendo en la boquita del ángel lo que éste más deseaba, volvió á cubrirse con tanto recato como si delante de un regimiento se encontrase. Rasgó la duquesa el tosco sobre, y aún no lo había desdoblado, cuando se oyeron pisadas de botas rechinantes y varoniles en el pasillo, y una faz correcta, patilluda, apareció entre los pliegues del cortinaje, y una voz que apoyaba mucho en las erres, preguntó:
—¿Estás visible, hija? ¿Puede entrar Sánchez del Abrojo?
—Adelante, adelante, doctor... ¡Pues ya lo creo! Pensando estaba en él ahora mismo.