Hízose atrás el duque para dejar pasar primero al doctor, según manda la cortesía, y ambas notabilidades (cada uno de los recién entrados lo era en su género) se adelantaron hacia el rincón del gabinete donde se destacaba la airosa cabeza de la duquesa sobre un fondo de aterciopelado follaje de begonias.
El duque, aunque frisaba en los cincuenta y seis, era derecho, elegante, distinguidísimo hasta en su lucia y limpia calva; usaba no sé qué cintajo en el ojal, y podría usar, amen de las hidalgas veneras de Alcántara y Santiago, que ya de casta le venían, como dos docenas de insignias de órdenes nacionales y extranjeras, de las más ilustres, concedidas por diferentes gobiernos en justa recompensa del tino y acierto con que durante su ya larga carrera diplomática había desempeñado arduas y peliagudas misiones, y enredado los cabos de más de veinte madejas políticas, que el demonio que las devanase. Ostentaba el duque en su despacho, y enseñaba con orgullo, además de las condecoraciones, pieles de zorro azul, regaladas por el czar, el collar de esmaltes de una momia, obsequio del jedife, y un sable japonés de abrirse el vientre, con pedrerías en la empuñadura, gracioso donativo del mikado.
En estos títulos fiaba el duque para obtener en breve la embajada más importante quizás de Europa.
Por lo que hace á Sánchez del Abrojo, regordete, sanguíneo, de chispeantes ojos negros, era un médico á la moda, que curaba con su ciencia á la mitad de los enfermos, y con su animación y energía á la otra mitad... siempre que tuviesen cura, por supuesto.
Mientras la duquesa entablaba con el galeno animadísimo diálogo, el duque se acercó al ama, y se inclinó con cierta familiaridad, no exenta de señorío, para ver el rostro de la niña, que maldita la gana que tenía de enseñárselo.
—Golosilla... hola, estamos tragando, ¿eh? ¿Qué tal se porta, ama? ¿Qué tal se porta?
Y sin esperar la respuesta, volvióse á su mujer y al doctor.
—¿Le explicas á Sánchez lo de la chiquitina? Amigo del Abrojo; esta nena, con sus dientes, nos da en qué pensar. ¡Oh! y tanto como nos da. Estamos preocupadísimos.
—Ya se ve, única y tardía...—respondió el médico, mientras calculaba para su sayo, tan involuntariamente como el matemático suma dos cifras que ve una debajo de otra, las probabilidades de ulterior sucesión que podía tener aquel matrimonio.—¿Y qué dice el ama?—añadió en alta voz.
—El ama...—murmuró la duquesa, y recordando de súbito la carta, que aún conservaba en la mano, exclamó:—Á propósito, permítanme Vds... Un instante... Lo prometido es deuda.