—¿Qué es eso? ¿Qué carta es esa tan rara?—interrogó el duque.
—Del ama, de Jacinta... Le prometí que se la leería. Es de su gente...
—Si quieres ahorrarte el trabajo... yo me encargo, hija—pronunció con magnánima sonrisa el duque.
—No, gracias...
La duquesa, por instinto, oprimió la carta.
—Pero si es una niñería que te empeñes en molestarte... Eso estará escrito en chino.
—Si Vds. quieren que yo...—exclamó oficiosamente Sánchez del Abrojo.
—No, yo he de ser—declaró la duquesa con firmeza.
Y diciendo y haciendo, comenzó la lectura:
—«Mi amada y estimada hija Jacinta...»