—Repare Vd. la ortografía de esa pobre gente, Sánchez,—murmuró por lo bajo el duque, que se inclinaba sobre el hombro de su esposa deletreando.—¡Ponen Jacinta con G! ¿Es gracioso, no?

—«Jacinta... me alegraré que al recibo de estas cortas letras...»

—Etcétera. Siempre comienzan así: es ya una fórmula consagrada—explicó gravemente el duque.—¿Á que añade: «te halles con la cabal salud que yo para mí deseo?»

—«...La mía buena á Dios gracias...»—prosiguió la duquesa.—«Con dolores de mi corazón y alma, estimada hija, tengo que participarte la mayor desd...»

La duquesa, por cuyo rostro se extendía leve palidez, sufrió, llegando á este párrafo, un acceso de tos.

—¿Ves cómo no entiendes la letra, María? Yo continuaré. «...desdicha que Dios fué servido de mandarnos... y que tu afligida madre y padre y tío Antón tienen el honor de partici...»

—Te suplico—gritó la duquesa con sorda angustia,—que me dejes acabar... ¿entiendes?

—¡Ay ucencia, por la Virgen Santísima! ¿Qué desgracia será esa?—interrogó el ama, cuyo color de figura de barro cocido se trocaba en palidez de granito recién labrado.

—Verás, mujer... no te asustes, si no es nada... «el honor de participarte... pues sabrás, estimada hija de nuestro cariñoso amor, como ayer se mu... se murió el novillo nuestro...»

—¡Novillo!—dijo pensativa el ama.—En casa no había sino dos vacas... la blanca y la roja.