—Lo comprarían...—replicó la duquesa, respirando como si suspirase.—Vamos, pues eso no vale la pena, ama... «Todos estamos traspasados de puñales...» Bien, se comprende; para vosotros es una gran pérdida... Yo te daré con qué comprar dos, ó una pareja de bueyes... ¡Ea!

—¡Viva ucencia mil años, y nunca las manos se cansen!... ¿Qué pone al último?

—«Consérvate como un repollo de sana... Cuida bien á esa infanta de las Españas que estás criando...» ¡Ah! y que les mandes diez duros, si puede ser. Irá eso y mucho más.

—Ahora—dijo el diplomático recogiendo con impensado movimiento la carta de manos de la duquesa—permíteme que vea la ortografía... Si es divertidísima.—¡Calle!—exclamó sin hacer caso de los desesperados ademanes de su mujer.—Bien dije yo que no era para tus ojos esta letra, María querida... Si aquí no habla de novillo... No; donde leíste novillo, hay escrito chiquillo... ¡Estos signos paleográficos no son para usted, señora duquesa! No me haga usted señas... ¡Pues si los diplomáticos, por oficio, tenemos que saber leer cosas más peliagudas! Chiquillo; ¿ve Vd., Sánchez? «Se murió el chiquillo tuyo... Todos estamos traspasados de puñales...»

Pronta como el rayo, se precipitó la duquesa hacia Jacinta y le arrancó de los brazos la tierna criatura, que rompió en tristísimo llanto al soltar la ubre. Era tiempo. Un grito ronco salió de la comprimida garganta del ama; puso los ojos en blanco; sus facciones amoratadas se descompusieron, y leve espuma apareció en sus labios morados. Á pesar de los esfuerzos de Sánchez del Abrojo para sostenerla, se desasió y rodó al suelo, retorciéndose con la desesperada elasticidad de la convulsión. La duquesa se colgó de la campanilla, mientras con el brazo izquierdo apretaba contra su corazón á la criatura desconsolada.

—Vea Vd.—decía algún tiempo después Sánchez del Abrojo á su compañero el doctor Cortadillo, en ocasión que salían juntos de San Carlos;—yo lo he creído siempre: es preferible, es más lucido, desde el punto de vista del pronóstico, trabajar sobre un viejo que sobre un chiquillo. La patogenesia del niño es dificilísima, especialmente mientras lacta, mientras vive, por decirlo así, en íntima comunión con la naturaleza femenina. Nada, que le mudamos el ama á la niña de los duques de Fuente-Real (una niña algo delicada, que nació tarde, y cuando sus padres no esperaban ya familia, ¿sabe Vd.?); pero bastó el poco tiempo que por fuerza hubo de mamar de la otra, de la que recibió aquel tiro á boca de jarro y tuvo el ataque nervioso (¡ nervios en las aldeanas! Pero ¿qué fueron las energúmenas?) para llevar á la criatura al hoyo... ó al cielo, señor espiritualista: como V. guste. Claro que estaba en el período de la dentición; ya sabe Vd. la receptividad, la plasticidad del temperamento de los niños; y así como un fuerte golpe no derriba, verbigracia, una cómoda, y sí un objeto pequeño que se halle colocado encima de ella, la terrible impresión no hizo gran mella en aquel castillo, en la mocetona del ama; pero á la chiquita... Yo por lo menos tuve que atribuirlo á eso. El ataque á la cabeza afectó forma convulsiva.

—¡La heredera del duque de Fuente-Real, muriendo de la muerte del hijo de una labradora!—murmuró reflexivamente Cortadillo.

—El dinamismo incalculable de los hechos, amigo mío... Heriberto Spencer pone eso en su punto.

—¿Y el duque?—preguntó Cortadillo con interés.

—¡Calle Vd., hombre! Acaba de salir para su embajada...