Cortadillo sonrió con su boca amarilla y sin dientes, y los carnosos labios de Sánchez del Abrojo hicieron el dúo, plegándose con ironía indefinible. Después su rostro se puso grave.
—La pobre madre... la pobre duquesa... ¡Ah, qué espectáculo! Esa se ha quedado en Madrid... La veo con frecuencia, y bien necesita mis cuidados, se lo aseguro á Vd.
—Lo que necesitará sobre todo—advirtió Cortadillo—es paciencia, y creer á puño cerrado que esa criatura no está sólo en la fosa, compañero del Abrojo.