—Yo le he admirado á Vd. en el Real... En Puritanos... en Lucia... ¿Se acuerda Vd.?
—Ah, sí... ¡otros días!...—pronunció en italiano.
Ví animarse un tanto sus mejillas, donde unos atisbos de colorete y albayalde, mal borrados por la tohalla, parecían los últimos arreboles de su gloria.
—¿Y es cierto que viene Vd. á cantar aquí?
Sacó del bolsillo una petaca muy usada de cuero de Rusia, con iniciales de oro, resto sin duda del pasado esplendor, y de ésta un cigarro, y me pidió fuego.
—Cantaré... sí, como pueda.
Díjolo carraspeando, y noté que la voz del ángel se parecía ahora al glocitar de un pollo.
—¿En una capital de provincia? ¿En un teatro tan malo? ¿Ante una concurrencia?...
Mis palabras despertaron al tenor de oficio, al hombre habituado á captarse con afables palabras las simpatías de los concurrentes entre bastidores.
—¡Oh!—exclamó.—El ilustrado público de Marineda... ¡Oh! Yo he escuchado hacer elogios de su competencia... ¡Oh!