Y diciendo esto, una halagadora sonrisa, casi suplicante, entreabrió sus labios, y su mirada se posó cariñosamente en mí. No me dejé seducir.

—¿Es cierto—le pregunté—que ha perdido Vd. la voz á consecuencia de un enfriamento que cogió en New-York?

Inclinó la cabeza sobre el pecho y no contestó palabra. Comprendí que el asunto de conversación le era displicente, y llamé al mozo, pidiéndole unas copas de Chartreuse de la más fina.

—¡Oh! ¡Grazie!—murmuró al verlas delante.—No uso... Licores, vinos, especies... ¡Oh! Pimienta, pimienta, ¡sopra tutto! Los yankees abusan de las especies y los vinos... Yo no llevé á New-York mi cocinero, sentite...

Entonces, incitado por mis preguntas y mi no fingido interés, comenzó á explicar el régimen funesto seguido en New-York, las primeras notas veladas, la desesperación de la primer ronquera, la indisposición repentina, la cólera del público, la reaparición, los inútiles esfuerzos para reavivar el entusiasmo, las palmadas escasas y frías, esos síntomas iniciales de indiferencia, desgarradores en todo amor... Sus mejillas se encendían, y á veces, por entre su voz resquebrajada, asomaba una inflexión de terciopelo, como de la arruinada pared de un palacio cuelgan aún girones de rica tapicería...

Por último se levantó y llamó al mozo para pagarle; pero yo le había hecho una disimulada seña, y el mozo, con muchas cortesías, se negó á recibir un cuarto. El tenor me estrechó la diestra y por un momento, en su rostro que iluminó el júbilo, observé la feliz transformación que se nota en la cara de una mujer, ayer hermosísima y hoy marchita por la edad, si algún soldado ó gañán, en la calle, le dirige á su manera un requiebro.

El Premio Gordo