llá en tiempo de Godoy, el caudal de los Torres-nobles de Fuencar se contaba entre los más saneados y poderosos de la monarquía española. Fueron mermando sus rentas las vicisitudes políticas y otros contratiempos, y acabó de desbaratarlas la conducta del último marqués de Torres-nobles, calaverón despilfarrado que dió mucho que hablar en la corte cuando Narváez era mozo. Próximo ya á los sesenta años, el marqués de Torres-nobles adoptó la resolución de retirarse á su hacienda de Fuencar, única propiedad que no tenía hipotecada. Allí se dedicó exclusivamente á cuidar de su cuerpo, no menos arruinado que su casa; y como Fuencar le producía aún lo bastante para gozar de un mediano desahogo, organizó su servicio de modo que ninguna comodidad le faltase. Tuvo un capellán que amén de decirle la misa los domingos y fiestas de guardar, le hacía la partida de brisca, burro y dosillo (tales sencilleces divertían mucho al ex-conquistador), y le leía y comentaba los periódicos políticos más reaccionarios; un mayordomo ó capataz que cobraba á toca-teja y dirigía hábilmente las faenas agrícolas; un cochero obeso y flemático que gobernaba solemnemente las dos mulas de su ancha carretela; un ama de llaves silenciosa, solícita, no tan moza que tentase ni tan vieja que diese asco; un ayuda de cámara traído de Madrid, resto y reliquia de la mala vida pasada, convertido ahora á la buena como su amo, y discreto y puntual ahora y antes; y por último, una cocinera limpia como el oro, con primorosas manos para todos los guisos de aquella antigua cocina nacional, que satisfacía el estómago sin irritarlo y lisonjeaba el paladar sin pervertirlo. Con ruedas tan excelentes, la casa del marqués funcionaba como un reloj bien arreglado, y el señor se regocijaba cada vez más de haber salido del golfo de Madrid á tomar puerto y carenarse en Fuencar. Su salud se restablecía; el sueño, la digestión y demás funciones necesarias al bienestar de esta pobre túnica perecedera que sirve de cárcel al espíritu, se regularizaban, y en pocos meses el marqués de Torres-nobles echó carnes sin perder agilidad, enderezó algo el espinazo, y su sano aliento indicó que ya la feroz gastralgia no le roía el estómago.
Si el marqués vivía bien, no lo pasaban mal tampoco sus servidores. Para que no le dejasen les pagaba mejores soldadas que nadie en la provincia, y además los obsequiaba á veces con regalos y mimos. Así andaban ellos de contentos: poco trabajo, y ese metódico é invariable; salario crecido, y de cuando en cuando sorpresitas del dadivoso marqués.
El mes de Diciembre del año antepasado, hizo más frío de lo justo, y la dehesa y término de Fuencar se envolvieron en un manto de nieve como de una cuarta de grueso. Huyendo de la soledad de su gran despacho, bajó el marqués de noche á la cocina del cortijo, y buscando por instinto de sociabilidad invencible, la compañía del hombre, se arrimó al hogar, calentó la palma de las manos castañeteando los dedos, y hasta se rió de los cuentos que con chuscada andaluza referían el capataz y el pastor, y reparó que la cocinera tenía muy buenos ojos. Entre otras conversaciones más ó menos rústicas que le divirtieron, oyó que todos sus criados proyectaban asociarse para echar un décimo á la lotería de Navidad.
Al día siguiente, muy temprano, el marqués despachaba un propio á la ciudad próxima, y anochecía cuando el bondadoso señor penetró en la cocina blandiendo unos papeles, y anunciando á sus domésticos, con suma benignidad, que había cumplido sus deseos tomando un billete del sorteo inmediato, billete en el cual les regalaba dos décimos quedándose él con ocho, por tentar también la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una explosión de alegría, con vivas y bendiciones hiperbólicas; sólo el pastor, viejo cano, zumbón y sentencioso, meneó la cabeza, afirmando que el que echaba con señores «espantaba la suerte», de lo cual le pesó tanto al marqués, que condenó al pastor á no llevar ni un real en los décimos consabidos.
Aquella noche el marqués no durmió tan á pierna suelta como solía desde que Fuencar le cobijaba; le desvelaron algunos pensamientos de esos que sólo mortifican á los solterones. No le había gustado pizca la avidez con que sus criados hablaban del dinero que podía caerles.—¡Esa gente—decíase el marqués—no aguardaría sino á llenar la bolsa para plantarme! ¡Y qué planes los suyos! ¡Celedonio (el cochero), habló de poner taberna... para beberse el vino sin duda! ¡Pues la pazguata de doña Rita (era el ama de llaves), no sueña con establecer una casa de huéspedes! Digo, y lo que es Jacinto (era el ayuda de cámara), bien se calló, pero miraba con el rabo del ojo á esa Pepa (la cocinera), que, vamos, tiene su sal... Juraría que proyectan casarse. ¡Bah! (al exclamar ¡bah! el marqués de Torres-nobles dió una vuelta en la cama y se arropó mejor, porque se le colaba el frío por la nuca); en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo ello? El premio gordo no nos ha de caer y así... tendrán que aguardarse por las mandas que yo les deje! Y á poco rato el buen señor roncaba. Dos días después celebrábase el sorteo, y Jacinto, que era más listo que Cardona, se las compuso de modo que su amo tuviese que enviarle á la ciudad en busca de no sé qué provisiones ú objetos indispensables. La noche caía, nevaba á mas y mejor, y Jacinto aún no había vuelto, á pesar de salir muy de madrugada.
Estaban los criados reunidos en la cocina, como siempre, cuando sintieron las opacas pisadas del caballo sobre la nieve fresca, y un hombre, en quien reconocieron á su compañero Jacinto, entró como una bomba. Estaba pálido, temblón y demudado, y con ahogada voz acertó á pronunciar:
—¡El premio gordo!!!