Hallábase á la sazón el marqués en su despacho, y, las piernas arrebujadas en tupida manta, chupaba un habano, mientras el capellán le leía la política menuda de El Siglo Futuro. De pronto, suspendiendo la lectura, ambos prestaron oído al estrépito que venía de la cocina. Parecióles al principio que los criados disputaban, pero á los diez segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de júbilo, tan desentonadas y delirantes, que el marqués, amostazado y teniendo por comprometida su dignidad, despachó al capellán á informarse de lo que ocurría é imponer silencio. No tardó tres minutos en regresar el enviado, y dejándose caer sobre el diván, pronunció con sofocado acento: «¡Me ahogo!» y se arrancó el alzacuello y se desgarró el chaleco por querer desabrocharlo... Corrió en su auxilio el marqués, y abanicándole el rostro con El Siglo Futuro logró oir brotar de sus labios una frase entrecortada:

—El premio gordo... nos ha tocaaa...ado el prem...

Á despecho de sus achaques, brincó hasta la cocina el marqués con no vista ligereza, y llegando al umbral, detúvose atónito ante la extraña escena que allí se representaba. Celedonio y doña Rita bailaban no sé si el jaleo ó la cachucha, con mil zapatetas, saltando como monigotes de saúco electrizados; Jacinto, abrazado á una silla, valsaba rauda y amorosamente; Pepa hería con el rabo de un cazo la sartén, haciendo desapacible música, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba, gritando ó mejor dicho aullando salvajemente: «¡Viva la Virgen!» Apenas divisaron al marqués, aquellos locos se lanzaron á él con los brazos abiertos, y sin que fuese poderoso á evitarlo lo alzaron en volandas, y cantando y danzando y echándoselo unos á otros como pelota de goma lo pasearon por toda la cocina, hasta que viéndole furioso lo dejaron en el suelo; y aun fué peor entonces, pues la cocinera Pepa, cogiéndole por el talle, quieras que no quieras le arrastró en vertiginoso galop, mientras el capataz, presentándole una bota de vino, se empeñaba en que probase un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que él sabía á ciencia cierta por haber trasegado á su estómago casi toda la sangre de la bota.

Así que pudo el marqués soltarse, refugióse en su habitación, con ánimo de desahogar su enojo refiriendo al capellán la osadía de sus criados y platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vió que el capellán salía envuelto en su capote y calándose el sombrero.

—¿Á dónde va Vd., don Calixto, hombre de Dios?—exclamó el marqués admirado.

—Pues, con su licencia, don Calixto iba á Sevilla, á ver á su familia, á darle la alegre nueva, á cobrar en persona su parte de décimo, un confite de algunos miles de duros.

—¿Y me deja Vd. ahora? ¿Y la misa? y...

En esto asomó por la puerta su hocico agudo el ayuda de cámara. Si el señor marqués le daba permiso, él también se marcharía á recoger lo que le tocaba. El marqués alzó la voz, diciendo que era preciso tener el diablo en el cuerpo para largarse á tales horas y con una cuarta de nieve, á lo cual respondieron unánimes don Calixto y Jacinto que á las doce pasaba el tren por la estación próxima, que hasta ella llegarían á pié ó como pudiesen. Y ya abría el marqués la boca para pronunciar: «Jacinto se quedará, porque me hace falta á mí,» cuando á su vez se encuadró en el marco de la puerta la rubicunda faz del cochero, que sin pedir autorización y con insolente regocijo venía á despedirse de su amo, porque él se largaba, ¡ea! á coger esos monises.

—¿Y las mulas?—vociferó el amo.—¿Y el coche, quién lo guiará, vamos á ver?

—Quien vuecencia disponga... ¡Como yo no he de cochear más!...—respondió el auriga volviendo la espalda y dejando paso á doña Rita, que entró no medrosa y pisando huevos como solía, sino toda despeinada, alborotadica y risueña, agitando un grueso manojo de llaves, que entregó al marqués advirtiéndole: