—Sepa vuecencia que ésta es de la despensa... ésta del ropero... ésta del...

—¡Del demonio que cargue con Vd. y con toda su casta, bruja del infierno! ¿Ahora quiere Vd. que yo saque el tocino y los garbanzos, eh? Váyase Vd. al...

No oyó doña Rita el final de la imprecación, porque salió pitando, y tras ella los demás interlocutores del marqués, y en pos de éstos el marqués mismo, que les siguió furioso al través de las habitaciones y estuvo á punto de alcanzarles en la cocina, sin que se atreviese á seguirles al patio por no arrostrar la glacial temperatura. Á la luz de la luna que argentaba el piso nevado, el marqués les vió alejarse, delante don Calixto, luégo Celedonio y doña Rita de bracero, y por último Jacinto muy cosido á una silueta femenina que reconoció ser Pepa la cocinera... ¡Pepilla también! Tendió el marqués la vista por la cocina abandonada, y vió el fuego del hogar que iba apagándose, y oyó una especie de ronquido animal... Al pié de la chimenea, muy esparrancado, el capataz dormía la mona.

Á la mañana siguiente, el pastor, que no quiso «espantar la suerte,» hizo para el marqués de Torres-nobles de Fuencar unas migas y un ajo molinero, y así pudo este noble señor comer caliente el primer día en que se despertó millonario.

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Me parece excusado describir la suntuosa instalación del marqués en Madrid; lo que sí no debe omitirse es que tomó un cocinero cuyos guisos eran otros tantos poemas gastronómicos. Se cree que los primores de tan excelso artista, saboreados con excesiva delectación por el marqués, le produjeron la enfermedad que le llevó á la tumba. No obstante, yo creo que el susto y caída que dió cuando se desbocaron sus magníficos caballos ingleses, fué la verdadera causa de su fallecimiento, ocurrido á poco de habitar el palacio que amuebló en la calle de Alcalá.

Abierto el testamento del marqués, se vió que dejaba por heredero al pastor de Fuencar.