Bruck afirmaba que estos gustos míos tenían cierta afinidad con los del salvaje que se prenda de unas cuentas de vidrio más que del oro nativo recogido en sus remotas cordilleras; y que lo verdaderamente grandioso y bello, con severa belleza clásica, en la tierra, no son esos caprichos del color ni esos jugueteos de la línea, sino las formas internas de las rocas, el plano arquitectónico, regular y majestuoso, de tan vasto edificio. Encarecía la magnitud de las anchas estratificaciones, que se extienden como ondas petrificadas del océano de la materia; los macizos y valientes pilares graníticos, fundamentos del globo, colocados con simetría solemne; las columnatas de pórfido y basalto, más elegantes que las de ninguna catedral de la Edad media. Sobre todo y aparte del especial deleite estético que encontraba en esa disposición sorprendente de las rocas, decía Bruck que le enamoraba ver escrita en ellas la historia del globo, de su formación, del desarrollo de sus montañas y hundimiento de sus valles.
Á simple vista, con una ojeada rápida, discernía la estructura de un terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distinguía al punto las rocas eruptivas,—que parecen conservar en sus formas coaguladas indicios del misterioso hervor que las arrancó de los abismos del globo y las hizo rasgar su superficie, á manera de colmillos enormes,—de los terrenos de sedimento, cubiertos de capas y más capas lo mismo que de fajas la momia. Sabía por cuál secreta ley las rocas alpestres se levantan y parten en agujas tan atrevidas, puntiagudas y escuetas, mientras las sierras del mediodía de España se aplanan en chatos mamelones, figurando que una mano fuerte les impidió ascender y las redondeó con las redondeces de un seno turgente, henchido de licor vital.
Y cuando pudiese engañarse la vista, tenía Bruck para conocer, sin metáfora, el terreno que pisaba, una señal infalible, la presencia ó ausencia, en la roca, de ciertos restos fósiles, valvas menudas de moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho ó de un licopodio. De estos restos se encontraban muchos en los terrenos de sedimento, que son á manera de museo donde puede estudiarse la flora y fauna del tiempo—digámoslo así—del rey que rabió, mientras las rocas eruptivas se hallan vacías, agenas á toda vida, sin rasgos de organismos en sus mudas profundidades. Y aquí Bruck y yo volvíamos á disputar; porque mientras á mí me parecía digno de superior atención el terreno donde se tropiezan fósiles, él hablaba con el mayor respeto de esas rocas muertas, las primeras y más antiguas, verdaderos cimientos del planeta. Las otras eran unas rocas de ayer acá, que contarían, á lo sumo, algunos cientos de miles de años.
Yo no comprendía la preferencia de Bruck, porque siempre me agrada encontrar vida é indicios de ella. Los fósiles me hacían soñar con paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba á los tiempos en que el mundo, dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba á enfriarse, y sus queridas rocas emergían, rompiendo la película delgada, la corteza del gran esferóide. En resumen, á Bruck le importaban poco las plantas, que son vestidura de la tierra; los minerales preciosos, que son sus joyas, y los fósiles, que son sus archivos y relicarios; sólo se sentía atraído por la anatomía de su monstruoso esqueleto.
Valía la pena de oirle defender esta afición. Extasiábase hablando de la unidad que preside á las formaciones de las rocas, y del poderoso y visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la verdadera geología ó geognosia. Ahí es nada eso de que la corteza terrestre sea igual en el Polo que en la zona tórrida, y que mientras los infelices naturalistas y botánicos se encuentran, en cada clima, con especies diferentes, el martillo del geólogo en todas partes rompa la propia piedra! La piedra inmóvil, grave, uniforme, idéntica á sí misma, figurábasele á Bruck majestuosa. Á mí me daba frío, y... así como sueño. Pero que no lo sepa ningún geólogo, por todos los santos de la corte celestial.
Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba con ver los fragmentos y láminas de roca en las agenas colecciones ó en los museos, con su etiqueta pegada. Por valles, montañas y cerros, allí donde trazaban un camino, perforaban un túnel ó excavaban una mina, andaba Bruck con su caja de instrumentos, inclinándose ávidamente para ver, al través de la rota epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su osamenta formidable. Quería crear la geología ibérica, estudiar el terreno español tan á fondo como lo ha sido ya el francés, inglés y americano. Así es que cuando delante de Bruck nombraban alguna región de nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla, no se le ocurría nunca exclamar—«hermoso país!—costa pintoresca!—cielo azul!—¡qué poéticas son las Delicias! ó ¡qué bonito el Alcázar!»—como nos sucede á cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudían á su mente y brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco más ó menos del tenor siguiente:—«terreno hullero—buen yacimiento de gneiss—terreno triásico—formación cuaternaria!»
He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel á su oriundez anglo-sajona, era tenacísimo. Jamás se cansaba, ni se desalentaba, ni variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin embargo, cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y volvemos luégo á abrazarlas con mayor cariño. Hay días contados en que yo no quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me aburre, y en que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de sol, un momento de alegría, la sombra de un árbol, la luz de la luna y el olor de las madreselvas. Bruck no conocía semejantes alternativas; su amor por las rocas era, como ellas, firme, perenne, invariable.
Dos ó tres años hacía que no aportaba Bruck por mi país, y yo le suponía entregado á trascendentales investigaciones allá por las cuencas mineras de Extremadura ó por las alturas imponentes de los Pirineos, cuando una tarde se me presentó de la manera más impensada, enfundado en su traje habitual de hacer geología. El paño de su chaquet caía flojo y desmañado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la molestia de ocupar el baúl con camisas planchadas; su sombrero, abollado, lucía una capa de polvo á medio estratificar; y como le ví que traía calzados los guantes, comprendí al punto que estaba de excursión, pues Bruck no usa guantes sino para el monte, dado que en la ciudad no hay peligro de estropearse las manos.
Preguntéle el motivo de su viaje. La vez anterior vino á examinar, en persona, la dirección de los estratos del gneiss en esta parte de la costa cantábrica; y ahora, con voz reposada, me dijo que el objeto de su expedición era verle el pié... honni soit qui mal y pense! á la sierra de los Castros.
—Pero cuidado que sólo á V. se le ocurre!... Estamos en Diciembre, se chupa uno los dedos de frío, y luégo el viaje en diligencia es entretenido de verdad! ¿Cómo no aguardó V. á la inauguración del ferrocarril, al verano, etc., etc.?