Explicó que no podía ser de otro modo, porque ya había llegado á un punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente, no haría cosa de provecho. Bruck apuntaba metódicamente en cuadernos los resultados de sus observaciones, y luégo los daba al público, no en una obra extensa y monumental, sino de modo más conforme al espíritu analítico y positivo de la ciencia moderna, en breves monografías de esas que por Inglaterra y los Estados Unidos se llaman «contribuciones al estudio de tal ó cual materia,» folletitos concretos, atestados de hechos y labrados y cortados con precisión matemática, como sillares dispuestos ya para un edificio futuro. Cuando en mitad de uno de sus trabajos le ocurría á Bruck la más leve duda, la necesidad de exactitud rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le dejaba pasar más adelante; y no cociéndosele, como suele decirse, el pan en el cuerpo, tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba á comprobar sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran favorables; lo mismo hacía rumbo á Extremadura durante la canícula, que á Burgos en el corazón del invierno.

Aunque Galicia no es tan fría como Burgos, ni muchísimo menos, el plan de verle el pié á la sierra de los Castros en Diciembre, no dejó de parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal época, la nieve, la escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados por las cordilleras de otros países, donde el viajero se restaura, y mil y mil inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqué á Bruck. Sin haber llegado nunca á sentarme en las faldas de la abrupta sierra, conocía mucho de oídas el país, y sabía que á veces, en tres ó cuatro leguas de circuito, no se encontraba unto para condimentar el caldo de pote, ni una arena de sal para sazonarlo. Mas ví al geólogo tan firme en su propósito, que lo único que pude hacer en beneficio suyo, fué darle una carta de recomendación para el cura de los Castros. Justamente este buen señor había sido algunos meses capellán de nuestra casa.

Dos epístolas recibidas algún tiempo después, completarán la historia del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura la segunda. Aquí las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.

«Las Engrovas, 1.º de Enero.

»Mi distinguida amiga: no pensé empezar el año escribiendo á V. desde estas montañas; pero el hombre propone, y las circunstancias—ya sabe V. que soy algo determinista—disponen. Heme aquí en las Engrovas: ¿ha estado V. por acá alguna vez? Parece mentira, cuando uno se acuerda de esas Mariñas tan risueñas, tan alegres hasta en la peor estación del año, que Galicia encierre sitios tan agrestes y salvajes.

»Por supuesto que para mí son los mejores. Esa parte donde V. vive, es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aquí encuentro magníficas rocas metamórficas, terrenos de transición, con todas sus curiosas variedades. Sólo me estorba mucho la vegetación feraz y compacta, que me impide reconocer bien el terreno. Espero que en el corazón de la sierra, las rocas se me presentarán en su noble y augusta desnudez.

»Me han asegurado que si me meto más en la montaña, me expongo á tropezar con manadas de lobos, á no encontrar dónde dormir. No me importaría si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha caído por mí, que el traje se me pudre encima. Dirá V. ¿y el impermeable? ¡El impermeable! Hecho girones, señora: los escajos, los espinos, las zarzas han puesto fin á su vida. Cuando llegue á la hospitalaria mansión del cura de los Castros, voy á pedirle que me ceda un balandrán ó cosa por el estilo, porque andar desnudo en Diciembre no es agradable.

»De la comida poco puedo decir á V.; yo suelo pasarme diez ó doce horas sin recordar que es preciso dar pasto al estómago; y cuando se lo doy, al cuarto de hora ya no sé lo que he mascado. No obstante, aquí noto que me falta lastre. Creo que hay días en que me alimento con un plato de puches de harina de maíz. Gracias si puedo regarlos con leche de vaca.

»En resumen, hambre, frío, sed de vino y café (de agua no es posible, pues el cielo la vierte á jarras); pero yo contentísimo, porque estas rocas valen un Perú, y su estudio arroja clarísima luz sobre diversos problemas que me preocupaban.

»Mañana me internaré en lo más despoblado y agrio de la región. Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que la echen al correo. Siempre á sus órdenes su amigo afectísimo